EL OTRO COMO TÚ EN GARIEL MARCEL

THE OTHER LIKE YOU AT GABRIEL MARCEL

RANDALL CARRERA UMAÑA

Universidad de Costa Rica

Resumen: Desde las categorías propias de una filosofía concreta, Gabriel Marcel parte del presupuesto de que no es posible realizar un estudio objetivo del ser humano, por lo que sus reflexiones se proponen señalar los elementos claves para su comprensión. Con la finalidad de profundizar la importancia de la relación del Hombre con los otros, esta investigación abordará en un primer momento la necesidad que el yo tiene del otro en un plano estrictamente objetivo, posteriormente se explicitará cómo la relación trasciende la objetivización por medio de la persona, comprendida como presencialidad y disponibilidad. Luego se profundizará en la intersubjetividad como camino al tú; para finalizar con el abordaje del otro como un tú, expresión máxima de la alteridad que abre el camino al nosotros por medio del vínculo del amor.

Palabras clave: Marcel, existencialismo cristiano, persona, intersubjetividad, presencia.

Abstract: From the categories that belong to a concrete philosophy, Marcel assumes that it is not possible to make a study of human beings, but only it has to mark some elements that are keys to understanding. In order to know better the importance of man´s relation with other, this research will study initially the need that the person has from the other in strict objective place, thereafter; it can apply as relation that transcends the objectification through the person, understood as presentiality and availability. Then, we will know intersubjectivity as a way to find yourself, to finish this method of the other as a Thou, the highest expression of otherness that opens the way to us through the link of love.

Key Words: Marcel, Christian existentialism, person, intersubjectivity, presence.


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Introducción

Ubicación

Para Gabriel Marcel la filosofía debe caracterizarse por su carácter concreto y su vínculo directo con la realidad, desde su perspectiva “cabe desconfiar un poco del filósofo que juzga, que funciona en tanto que filósofo. Porque él práctica en el seno de su propia realidad una discriminación que lo mutila y tiende a falsear irremediablemente su pensamiento” (Marcel, 2002, p.73). Su preocupación por desarrollar un pensamiento filosófico distante de todo tipo de idealismo abstracto lo lleva a plantear una antropología ajena a todo intento de sistematización, caracterizada más por el deseo de excavar en cuestiones fundamentales del ser humano que en edificar un sistema filosófico en torno a aspectos objetivos de la vida humana (Gutierrez, 1958).

Desde su pensamiento no es posible un conocimiento objetivo del hombre, pues al estar éste inmerso en la realidad se va construyendo poco a poco a sí mismo en su corporalidad, su sentir e interacción con los demás (Marcel, 2003). Sus reflexiones amplían el horizonte de análisis del hombre contemporáneo, visualizado no de manera estática, sino abierto a los retos y exigencias de la existencia personal, este pensamiento se caracteriza por dar continuidad a intuiciones que se desarrollan de forma asistemática a lo largo de toda su obra, entre las cuales se puede identificar como hilo unificador el carácter itinerante y relacional del ser humano, esto le permite volver a las nociones iniciales a través de nuevas perspectivas, por ello afirma “ [mi intención] es retomar toda mi obra bajo una nueva luz, mostrando su articulación y sobre todo señalando su orientación general” (Marcel, 2002, p.15).

A lo largo de su pensamiento Marcel aborda el tema de la realidad concreta del ser humano desde diferentes perspectivas, manteniendo un eje común que le permite evidencia r categorías comunes en prácticamente todas sus obras, tanto filosóficas como teatrales. De manera específica la relación del yo con el otro como expresión de la realidad particular del ser humano se desarrolla a largo de toda su producción intelectual, a partir de tesis que no presentan contradicciones, sino un crecimiento y profundización en su abordaje a través de los años.

Profundiza en nociones que considera claves para comprensión del hombre contemporáneo, las cuales se orientan de forma asistemática, en torno a condiciones metafísicas, entre las que se puede mencionar la encarnación, itinerancia, intersubjetividad e

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intimidad (Marcel, 1957) y que se concretizan de manera particular en la existencia de cada ser humano. Para efectos de esta investigación se asume que la intersubjetividad ofrece las luces necesarias para abordar temáticas propias de la alteridad, tales como relación del yo con el otro y su concepción como un tú.

Con la finalidad de profundizar en estas categorías, en un primero momento se abordará la necesidad que el yo tiene del otro en un plano estrictamente objetivo, posteriormente se explicitará cómo la relación trasciende la objetivización por medio de la de persona, comprendida como presencialidad y disponibilidad. Luego se profundizará en la intersubjetividad como camino al tú; para finalizar con el abordaje del otro como un tú, expresión máxima de la alteridad que abre el camino al nosotros por medio del vínculo del amor.

Desarrollo

La necesidad del otro

En no pocas ocasiones las relaciones cotidianas se mueven en un ámbito egoísta, caracterizado por el interés y la satisfacción de necesidades propias, se trata de un marco de relación en la que se menciona la existencia del otro, se realizan acciones con miras al beneficio del prójimo y se promulga la vivencia del altruismo. Pero atrás de estas actividades se puede distinguir que la motivación primera no es el deseo de contribución al crecimiento de las demás personas, sino que se trata una búsqueda del beneficio personal a través de la utilización del otro, para evitar manchas a la imagen personal o justificar acciones realizadas solo con la intención de buscar el éxito personal.

Marcel es consciente de esta situación, por lo que parte del presupuesto de que en no pocas ocasiones el otro es instrumentalizado y utilizado por el yo como un medio para el reconocimiento propio, tal como sucede con el niño que ofrece el regalo de unas flores a su madre con la única finalidad de obtener su reconocimiento; situación que en la vida adulta se traduce en una falsa modestia que coloca al individuo en un juego de hipocresía social, reflejado en la búsqueda de tributos y adulaciones:

Además es importante remarcar que “Esta admiración que espero de ti, que tú me debes solo puede venir a confirmar y exaltar la satisfacción que experimento al reconocer mis propios méritos” (Marcel, 2004, p.25), de forma que el otro no es más que una caja de resonancia donde el yo se produce y se coloca por delante de los otros. Con lo cual el yo se posiciona como un déspota cuyo único interés radica en obtener su propio beneficio, pues

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“yo me produzco, advierto al otro para que regule su conducta por la admiración que le dirijo” (Marcel, 2004, p.27), por lo cual el sujeto aparenta una preocupación por los demás que no es más que una preocupación por sí mismo, se trata de la búsqueda de la obtención de una imagen y la mera complacencia individual.

En estos casos las relaciones humanas limitan al otro a una simple

instrumentalización, “cuando yo determino al otro como un él, le trato como esencialmente ausente, es su ausencia lo que me permite objetivarlo” (Marcel, 2005, p.40). Ubicar al prójimo como un él significa, desde el pensamiento del autor, posicionarlo como una cosa u objeto con el que no se puede establecer una alteridad, decir él, es ubicarlo por debajo del reconocimiento y posicionarlo al nivel de las cosas materiales, las cuales pueden utilizarse o eliminarse según su utilidad.

Para este pensador la objetividad elimina la riqueza de la relación con el otro, es como si “el otro fuera un refactario, como si careciera de don (Marcel, 2002, p.21). Esto equivale a formarse una idea del otro basada más en la cotidianidad y en las ideas personales sobre él, que lo que él mismo es en la realidad, de esta forma no se hace más que crear simulacros que alteran la relación con el otro, pues no se realiza un verdadero encuentro, sino con lo que el yo piensa de él, según sus intereses creados.

Afirma Marcel: “A partir del momento en el que me preocupo del efecto que hay que producir en el otro, todos mis actos, todas mis palabras, todas mis actitudes pierden su autenticidad” (Marcel, 2004, p. 29), pues lo que se busca obtener sustituye la realidad misma del otro, el cual se conoce solamente a partir del cuidado de la imagen propia.

Este deseo de satisfacer las necesidades particulares a través de la instrumentalización realizada por el yo, propia de una sociedad despersonalizada no permite realizar una labor de reconocimiento del otro y de su importancia en la comprensión plena del significado de la existencia humana (Marcel, 1955). Sin embargo es posible la realización de relaciones diferentes abiertas a la alteridad, tal como se detalla a continuación.

La Persona como presencia

Aunque Marcel no se interesa en realizar una aproximación conceptual al tema de la persona, desarrolla a partir de esta categoría elementos que aportan un matiz particular a la relación de necesidad del otro citada en los parágrafos anteriores.

Desde argumentos que evidencian una asimilación de las propuestas teóricas de

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Mounier1, afirma que “lo propio de la persona consiste por el contrario en afrontar directamente una situación dada y, añadiría en comprometerse efectivamente” (Marcel, 2005, p .33). Desde las coordenadas de su pensamiento la persona no se concibe como algo ajeno al yo, sino como una exigencia que lleva a la asunción de responsabilidades en torno a las acciones realizadas.

Esto lleva a Marcel a plantear que el reconocimiento de responsabilidades, propio de la dimensión personal, debe realizarse ante sí mismo y ante los otros, por medio de la asunción de un compromiso el cual se considera el sello fundamental de la persona. Esto permite validar la existencia de los otros en sí mismos y no como parte un proceso de búsqueda de retribuciones y beneficios en torno a los gestos realizados, de ahí la importancia de su tesis: “tiendo a afirmarme como persona en la medida en que, asumiendo la responsabilidad de mis actos me comporto como un ser real, participando en una socied ad real” (Marcel, 2005, p.34).

A partir de la aproximación a la persona como ser responsable, el otro ya no es visto como una simple resonancia del yo, sino que se reconoce su existencia propia. Ya no es una construcción del yo sustentada en intereses particulares, es alguien ante quien se debe rendir cuenta de los compromisos adquiridos, el otro, gracias al reconocimiento de la dimensión personal, se valida como un centro en sí mismo, con el cual se puede realizar una relación de alteridad.

Por ende, lo propio de la persona es enfrentar y de esta forma vencer el anonimato del mundo >del se< (Marcel, 2004), tan criticado por los autores personalistas por su tendencia a impersonalidad y el anonimato (Mounier, 1973)2, es enfrentar la evasión, la vacuidad de un mundo sin afrontamiento, ante la asunción de las consecuencias de las decisiones tomadas, de ahí el valor de la aseveración: “lo propio de la persona no es solamente considerar, apreciar, enfrentar, es asumir” (Marcel, 2004, p.122).

1 Emmanuel Mounier (1905-1950) proponía, en el contexto del Personalismo Comunitario, la distinción entre persona e individuo; el cual hace referencia directa al elemento egoísta presente en la realidad personal, produciendo máscaras que no permiten visualizar las riquezas de la persona. En la cita en mención, Marcel hace referencia directa a la contradicción entre la persona y las características propias del individuo. Por su parte los temas del afrontamiento y el compromiso es una de las categorías con las que Mounier construye

sus tesis en torno a la persona. Marcel tuvo contacto con Mounier a través de la participación en su movimiento ESPRIT, esto se evidencia en sus publicaciones en la revista que lleva el mismo nombre

2 Este término alude a aquellas expresiones cotidianas de naturaleza impersonal: se dice, se escucha por ahí; pero sin referencia a un sujeto concreto, a un responsable de sus actos

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Desde su filosofía concreta cobra un gran valor la presencialidad de la persona, ésta va más allá de las categorías físicas, ya que dos seres humanos, afirma Marcel, pueden estar juntas en una misma habitación sin poseer una relación directa, sin establecer ningún víncul o, en estos casos “el otro entiende mis palabras, pero yo mismo no me entiendo, y puedo incluso tener la penosa impresión de que dichas palabras, tal como me las devuelve, tal como se reflejan me hacen irreconocible” (Marcel, 2002, p.185).

La presencialidad permite trascender la mera cotidianidad y visualizar en el encuentro con el otro una actividad reveladora que muestra sus riquezas. Sin embargo, comprender esta noción no es sencillo, sus barreras en el discurso son sumamente fuertes, pues no se trata de simplemente establecer una relación en la que se transmite un contenido plasmado de objetividad. Esta característica fundamental implica un acto diferente, “se comprendería mejor si se reconoce que la presencia solo puede aceptarse o rechazarse” (Marcel, 2002, p.187), pues se encuentra fuera de las categorías de la aprehensión.

Esto significa que en la relación con el otro ambos se hacen presentes, no por lo que puedan transmitirse mutuamente, sino por el hecho mismo de estar ahí, de reconocerse y encontrarse en un ámbito que trasciende la cotidianidad y se abre a la disponibilidad.

Este encuentro de la persona con el otro, a través de la presencialidad y la disponibilidad es abordado por bajo la categoría de intersubjetividad.

La intersubjetividad como camino al tú

Para Marcel la intersubjetividad es sinónimo de apertura y trascendencia, su existencia permite la afirmación y perfeccionamiento de la persona en la realidad cotidiana, convirtiéndose en el principal medio para el reconocimiento y apertura al otro, y su acogida de una forma plena.

La intersubjetividad es la clave para la apertura hacia el otro en un marco que sobrepasa y trasciende la impersonalidad, puede afirmarse que “esta apertura al otro es fundamental porque éste es el espejo en el que yo se mira para saber quién es, pues el otro es quien mejor conoce al yo y quien más le alienta a seguir adelante” (Urabayen, 2012, p.8). En este marco el yo ya no utiliza al otro para afirmarse, sino para encontrarse y enriquecerse, de forma que la intersubjetividad se asume en el pensamiento de Marcel como una condición metafísica propia del ser humano, un rasgo esencial y universal de su existir, pero, que al igual que las otras condiciones (encarnación, itinerancia, intimidad) se realiza de

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manera concreta en cada ser humano, permitiendo su perfección (Marcel, 1955 ).

De esta manera para Marcel, la intersubjetividad comprendida como apertura ontológica al otro, es un elemento característico del ser humano, pero el hombre, en el uso de su libertad puede optar por la indisponibilidad y cerrarse al crecimiento y abanico de posibilidades crecimiento que los otros le ofrecen y limitarse a vivir el horizonte impersonal que se adquiere al limitarse al ver a los otros como un él.

De esta forma es necesario tener clara la distinción entre la intersubjetividad como condición metafísica, universal y presente en todos los seres, y la intersubjetividad como condición fenomenológica; la cual implica su concretización en el encuentro cotidiano. La segunda perfecciona la condición primera, pero no la crea, pues está presente de antemano en la realidad humana (Urabayen, 2012).

Para Marcel la intersubjetividad se comprende como un nexo que no puede ser recibido, pues de alguna forma el sujeto mismo se halla implicado en él, es algo que no se constata, solamente se reconoce, lo que el autor denomina como el “interior de una estructura” o “una comunicación viviente” (Marcel, 2002, p.208).

La condición de índole fenomenológica permite caer en la cuenta de la existencia de otras presencias, compañeros de camino que colaboran en la lucha contra el solipsismo egoísta que no permite ver más allá del yo y que abre paso a asimilar las riquezas presentes en los otros, “si he insistido tanto sobre la intersubjetividad ha sido precisamente para hacer hincapié en la presencia de una profundidad sentida, de una comunidad hondamente arraigada en lo ontológico, sin la cual resultan ininteligibles los lazos humanos reales” (Marcel, 2002, p.21 1).

Por medio de la intersubjetividad se vencen las barreras de la cotidianidad, “puede suceder que entre el otro y yo se establezca un vínculo de unión, si descubro por ejemplo que tenemos cierta experiencia en común” (Marcel, 2004, p.41).

El otro como un tú

A través de la intersubjetividad se elimina el deseo de objetivización presente en la relación con los demás, en la que, tal como se afirmó anteriormente, el otro no es más que un él, utilizado a conveniencia personal. Esto permite asimilar la existencia de los otros como existentes en sí mismos y relacionados directamente con la persona, pues el yo “no existe sino en tanto que se trata así mismo como siendo para el otro; como estando en relación con

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otro; por lo tanto en la medida en que se reconoce escapa de sí mismo” (Marcel, 2003, p.97). De esta forma el otro se concibe en toda su riqueza y se valora como un tú, el cual va a ser asimilado como complemento de la personalidad a través de relaciones intersubjetivas y plenamente comunicativas, de forma que el tú pasa a ser un nuevo modo de presencia que se introduce y de alguna manera colabora en la configuración la existencia personal. Con ello “al tratar al otro como un tú, lo trato y comprendo como libertad (…) le ayudo a ser libre, colaboro en su libertad” (Marcel, 2003, p.99)

En la visualización del otro como un tú convergen todas las tesis marcelianas citadas anteriormente, ya que por medio de las relaciones intersubjetivas se realiza un nuevo modo de presencia, en el que el yo se abre al diálogo, dejando atrás todo intento de cosificación. Al igual que las categorías citadas supra, no es posible elucidar argumentos racionales

para conceptualizar el tú, éste se justifica por su mera presencia, pues “es evidente que el tú, considerado como él, queda sometido a un juicio característico. Pero no es menos obvio que el tú, considerado como tú, se plantea en otro plano” (Marcel, 2003, p.140)

De esta forma a partir del tú “se crea la unidad en la que el otro y yo somos nosotros, lo que equivale a decir que se deja de ser él, para convertirse en un tú” (Marcel, 2004, p.41), esto permite que el yo deje de girar sobre sí mismo y valore la comunicación con el tú, abriendo paso a una relación caracterizada por el reconocimiento. Cabe acotar que Marcel no concibe este tú como un suplemento, un agregado al él; sino que gracias a la intersubjetividad y a la presencialidad, el yo se abre a un tú que permite la mutua penetrabilidad, ya no es un diálogo consigo mismo, tal como sucedía en la objetivización, sino que se realiza el paso a algo más, pues “cuando estoy en presencia del tú, se opera en mí una unificación interior a favor de la cual resulta posible la relación entre dos” (Marcel, 2004, p.43).

A partir de la afirmación anterior puede comprenderse que para Marcel el tú corresponda a aquel que es capaz de dar respuestas, pues en el mundo de las objetivizaciones, no se espera que un él interpele al yo, pero si se considera al otro como un ser capaz de responder, tal como afirma Urdanoz “el tú, en cuanto tal se define en y por la experiencia de la respuesta” (1998, p.727). Se asume que la ha comprendido y la hecho suya (Urabayen, 2012). De esta forma el tú es aquel con el que se entabla un diálogo, un encuentro que trasciende la objetividad, pues no se realiza la transmisión de una verdad, sino un diálogo en

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la verdad (Marcel, 1957).

Esta concepción del otro como un tú abre espacio a la reciprocidad, “El otro en cuanto otro no existe sino para mí, en la medida en la que estoy abierto a él, lo que es un tú” (Marc el, 2003, p.99), con esto se abre paso a visualizar al otro como una co- presencia con la cual se establece una relación directa. Desde la perspectiva de Marcel esto se logra únicamente por el amor.

El amor es el elemento por medio del cual, a través de la intersubjetividad, el otro deja de ser un tercero para transformarse en un tú, “ser que yo amo (…) me descubre a mí mismo; mis defensas exteriores caen, al mismo tiempo que las barreras que me separan del prójimo. (Marcel, 2004, p.41). Solo por medio del amor se puede romper la tendencia al egoísmo generada por el individualismo, es forma de romper con los vínculos del yo para abrir paso la visualización del otro como un tú, solo por su acción es posible romper la objetivización que lleva a ver la apertura al otro como un riesgo, como un robo del mundo personal, “para Marcel cualquiera de las formas en las que se establezca la relación subjetiva se hace, no a través del conocimiento, sino gracias al amor (…) el amor trata al otro como un tú y no como un él, porque lo presenta como un ser dotado de posibilidades y dispuesto a responder a la solicitud del otro” (Urabayen, 2012, p.9).

El amor conlleva el uso de la libertad y la responsabilidad, pues este elemento permite que se realice la intersubjetividad, pero a la vez que se respete las decisiones del otro, su individualidad, pues amar a alguien implica esperar respuestas impredecibles (Marcel, 2005).

Conclusiones

Luego de analizar el abordaje que Marcel realiza del tema del otro, pueden elucidarse las siguientes conclusiones:

Marcel no puede considerarse como un filósofo de la alteridad en el sentido estricto, al estilo de Levinas o Buber, su pensamiento se ubica más en el contexto de una filosofía existencial que posee una antropología itinerante como eje principal. Sin embargo, en esta percepción dinámica del ser humano aborda elementos en los que la alteridad cobra una gran importancia.

Reconoce que el establecimiento de relaciones abiertas y verdaderas no es sencillo, pues existe en el ser humano una tendencia al egoísmo y a la individualización, en sus escritos señala cómo el yo ubica, en no pocas ocasiones, al otro como un él, es decir en el marco de

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la impersonalidad. Donde el sujeto no busca más que satisfacer su necesidad de afirm ación a través de la instrumentalización del otro.

Aunque su pensamiento tampoco pueda etiquetarse de personalista, su visión de la persona es la clave para que el yo supere la tendencia al solipsismo; ya que bajo las categorías de responsabilidad y compromiso, se reconocen las implicaciones de las decisiones personales, no solo en lo individual, sino ante los otros. Por ende, en el asumir, la persona reconoce a los otros como existentes en sí mismos y poseedores de dones.

Esta noción de persona, clave para comprender el abordaje de la alteridad en Marcel, se construye a partir de premisas personalistas, sustentadas en el pensamiento de Mounier; una comprensión de la persona responsable de sus actos, va de la mano de una profundización del pensamiento mounieriano en torno al compromiso, consigo mismo y con los demás.

La intersubjetividad solo puede darse entre personas, no entre un yo y un él, o un yo y otro, desde una óptica objetivista no es posible comprender el valor que Marcel aplica a este término, pues se trata de una condición metafísica del ser humano, cuya aplicación se realiza en las relaciones cotidianas permitiendo un perfeccionamiento de la persona. Marcel opta por catalogar dicho crecimiento como una condición fenomenológica.

Esta nomenclatura evidencia un vacío en la propuesta de Marcel sobre este tema, pues no es fácil dilucidar cuando su reflexión gira en torno a la condición metafísica, la cual carece de una consistencia conceptual sólida y cuando aplica a la condición fenomenológica, de la cual deben mencionarse algunas falencias. En esta línea, no queda claro si el autor realiza una descripción fenomenológica de cómo se realiza el perfeccionamiento de la persona a través de las relaciones humanas, o si trata por el contrario de expresar cómo deben ser las relaciones sociales para que la persona alcance la perfección. De esta forma puede hablarse de una ambigüedad en el manejo de los postulados, al combinar argumentos fenomenológicos con éticos.

El reconocimiento del otro como un tú, luego de que la persona consolida su presencialidad a través de vínculos intersubjetivos, es el amor el elemento clave para que dicha intersubjetividad permita descubrir las riquezas del otro. En Marcel el tú se concibe como aquel que es capaz de dar respuestas con estas incidir directamente en la realidad del yo.

No queda claro en Marcel en qué momento se da el paso del otro al tú y que otros

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elementos son necesarios para su consolidación, más allá del amor. En los textos analizados no es responder si es posible el reconocimiento del otro como un tú sin estar presente el amor.

Referencias

Gutiérrez, C. (1958). El pensamiento de Gabriel Marcel. En Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica.16.

Marcel, G. (2004) De la negación a la invocación. En Obras Completas (Tomo II) Madrid: BAC.

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Mounier, E. (1973) Manifiesto al servicio del personalismo. Madrid: Taurus .

Seco, J. (1990) Introducción al pensamiento de Gabriel Marcel. Madrid: Instituto E. Mounier .

Urdanoz, T. (1998) Historia de la Filosofía. Madrid: BAC (Tomo VIII) .

Urabayen, J. (2012) La intersubjetividad como clave de la comprensión de ser humano en la filosofía de Marcel. Repositorio Digital Universidad de Navarra. Recuperado de http://dspace.unav .es/dspace/handle/10171/18142.

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