GÉNERO, CONSUMO DE DROGAS Y OTROS PROBLEMAS SOCIALES EN COSTA RICA. PERSPECTIVAS CONTEMPORÁNEAS.

GENRE, DRUG CONSUMPTION AND OTHER SOCIAL PROBLEMS IN COSTA RICA. CONTEMPORARY PERSPECTIVES.

Sandra Fonseca Chaves

Instituto Alcoholismo y Fármaco-dependencia Costa Rica

Resumen: En este estudio se analiza la situación de consumo de drogas y otros aspectos socialmente relevantes en hombres y mujeres costarricenses. Para tal propósito se utilizaron, entre otros elementos las bases de datos de cinco encuestas nacionales sobre consumo de drogas, realizadas por el I.A.F.A. entre los años 1990 y 2010, así como las bases de datos de tres encuestas en estudiantes de secundaria entre los años 2006 y 2012. Los resultados, que también se reflejan en el ámbito mundial, revelan una tendencia a la baja en el consumo reciente de tabaco tanto de mujeres como de hombres. La ingesta de alcohol muestra también un patrón de disminución significativo en el consumo reciente, la cual es significativamente más elevada en los hombres. En los últimos años el consumo de drogas ilícitas, especialmente marihuana ha experimentado un incremento tanto en la población general como en la de estudiantes de secundaria.

Palabras clave: Género, salud, educación, drogas.

Abstract: Drug use condition in men and women, as well as other social relevant aspects, are analyzed in this study. This purpose was achieved by using data base elements from five national household surveys (from IAFA) on drug consumption carried out between the years 1990 and 2010 and data gathered in secondary school students since 2006.

The results revealed that, as in the global level, men and women showed a reduction in smoking prevalence levels. Alcohol intake in the last 12 months, which is greater in men, has also showed a significant reduction, while illicit drug use, specially marijuana, has increased in general population and in high school students.

Key Words: Gender, health, education, drug use.


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Introducción

Se ha insistido en que la identidad de género es una construcción socio cultural que condiciona de manera relevante -algunas veces dramática- los comportamientos de las personas y marca una importante inequidad en la distribución del poder de los hombres y las mujeres. La división tradicional de roles, ha ido variando en muchas sociedades en la medida en que la mujer deja su dominio exclusivo del ámbito familiar para incursionar en la esfera productiva y participar bajo condiciones, más o menos semejantes a las del hombre, en casi todos los sectores de la vida social y económica.

Es escasa la literatura que da cuenta de las diferencias en las necesidades de los hombres y de las mujeres cuando de un abordaje preventivo o terapéutico se trata. Como indica el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías (OEDT, 2006) el hecho que las mujeres con problemas de drogas tengan necesidades especiales, amerita intervenciones especializadas y si bien lo plantean así para el tratamiento, es también necesario considerarlo para las intervenciones preventivas, en aquellos casos que aún no han ingresado en una condición de mayor compromiso por el abuso.

Es un hecho que el consumo de sustancias lícitas o ilícitas es mayor en los hombres que en las mujeres. La evidencia recolectada a lo largo de varios años en Costa Rica revela que el consumo de sustancias como el alcohol y el tabaco es entre 1 y 4 veces mayor en hombres que en mujeres. La brecha en el consumo de sustancias lícitas habría experimentado una reducción en los últimos veinte años, en tanto la de drogas ilícitas se estaría ensanchando. Pese a esto, no es infrecuente que en el contexto social latinoamericano, el consumo de sustancias por parte de las mujeres se asocie con roles y estereotipos de género, que promueven el desarrollo de una imagen de la “mujer adicta”, estigmatizada y rechazada. Habría un mayor rechazo si el consumo es de drogas prohibidas, por realizar algo ilegal y por ir en contra de los roles femeninos tradicionales. El único caso en el cual la prevalencia femenina es mayor que la de los hombres ha sido con los medicamentos tranquilizantes; sin embargo esta diferencia se ha acortado en Costa Rica con el paso de los años, dado que en 1995 era 3 veces mayor en mujeres, en comparación con 2010, año en que la desigualdad fue sólo de 1,31 veces.

En las poblaciones de personas jóvenes, las tasas de abuso de consumo de alcohol son idénticas para uno y otro sexo. En cuanto a las drogas ilícitas, especialmente marihuana, la

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prevalencia en el 2012 alcanzó un 14,6% con una razón según hombres/mujeres, igual a 1,7:1; es decir, más estrecha.

Con respecto a las razones que explican el acortamiento de las brechas entre sexos, o la ampliación de estas, es poco el conocimiento producido localmente. La investigación epidemiológica clásica ha permitido apreciar el fenómeno más no sus contenidos y relaciones intrínsecas. Consumir drogas, para uno y otro sexo, tiene significados diferentes. En general, para los hombres el consumo es percibido como una conducta natural que goza de cierta aceptación social, en tanto para las mujeres supone un reto para los valores establecidos; por ello su mayor riesgo de rechazo social y un mayor ocultamiento en especial cuando la ingesta se plantea como problemática.

Una de las hipótesis acerca de los patrones diferenciados de consumo de drogas es que, para las mujeres operaría como una forma de enfrentar el malestar psicológico, en cuyo caso se habla también de una tendencia al consumo como forma de automedicación (Byrne & Howells, 2002). Sin embargo, esto no explica cuáles factores estarían influenciando el hecho de que casi la totalidad de servicios de tratamiento en todo el mundo están diseñados alrededor de las necesidades de los hombres, mientras que los servicios para mujeres son más bien escasos.

Con respecto a la investigación sobre los patrones de consumo de hombres y mujeres, ha existido una tendencia a incluir a las mujeres en las muestras pero sin la adopción de una perspectiva de género (Anderson, 2001). Una aproximación con perspectiva de género supondría una mirada más cuidadosa orientada a comprender el papel de las construcciones sociales y culturales sobre lo masculino y lo femenino con respecto al consumo de sust ancias, sea que este ocurra de manera individual o de manera grupal.

En vista que mujeres y hombres responden a condicionantes distintos, es necesario que dichos aspectos sean analizados separadamente pues resultan de configuraciones sociales específicas.

Con respecto a aspectos de tipo metodológico en investigación sobre género y consumo de drogas, uno de los grupos de trabajo más importantes sobre el tema (el Grupo Internacional de Investigación en Alcohol y Género, IRGGA, por sus siglas en inglés) estableció la utilización de las mismas medidas de consumo para uno y otro sexo, contrario a lo que se hacía con anterioridad.

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Este trabajo tuvo por objetivo explorar las características del consumo de drogas según el género, para dar lugar al desarrollo de una perspectiva que optimice el análisis de las semejanzas y las diferencias en las conductas de hombres y mujeres.

Metodología

Esta investigación es de tipo transversal-cuantitativa partiendo de dos series de investigaciones efectuadas por el IAFA: la primera de ellas se realizó en el ámbito nacional con el objetivo de analizar y actualizar la información sobre las características y la naturaleza de consumo de drogas en Costa Rica, cuya población objeto de estudio fueron las p ersonas de 12 a 70 años de edad, las cuales formaban parte de muestras nacionales realizadas en los años 1990, 1995, 2000, 2006 y 2010, con un total de 18 500 individuos.

La segunda investigación estuvo constituida por una muestra de 15000 estudiantes de 150 centros educativos y 750 secciones seleccionadas en forma aleatoria en los años 2006, 2009 y 2012.

El cuestionario utilizado en los colegiales explora aspectos de información personal y académica, percepción del riesgo por consumo de drogas, consumo de drogas por parte del estudiante, exposición a la oferta y curiosidad por el consumo, ingesta familiar y percepción de seguridad, módulos de salud mental, exposición a violencia psicosocial, involucramiento parental, y prevención del consumo.

Así mismo, se recolectó información sustantiva sobre género en bases de datos de organismos nacionales e internacionales.

Resultados y Conclusiones

Estimaciones sobre género en Costa Rica

Pese al trabajo constante y cada vez mayor de grupos organizados y de una buena parte de las sociedades del mundo por y para la equidad de género, la discriminación y las diferencias en los distintos ámbitos entre uno y otro sexo, siguen siendo evidentes.

La pobreza, es uno de esos hechos diferenciados por sexo y que, además, tiende a inclinarse negativamente hacia la población femenina.

Para el caso de Costa Rica, de acuerdo con datos del INEC (2013), en el año 2011 la diferencia de jefes-jefas de hogares pobres era de -1,4% y en extrema pobreza de -1,6%, para el total del país. Al respecto diversas investigaciones sostienen que los hogares con jefatura

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femenina son “los más pobres de los pobres” (Camacho et al., 2011).

Si bien es cierto, hay un número cada vez mayor de mujeres que participan en la fuerza laboral del país, según datos del INEC hay un número importante de mujeres que encaran el subempleo (trabajan menos de 40 horas semanales), pues este pasó de 10% en el 2011 a 16% en el 2013; además el porcentaje de mujeres que trabajan en ocupaciones no calificadas representa el 30%. Asimismo, aquellas que reciben una remuneración inferior al salario mínimo corresponde a un 23% y las que no gozan de Seguro Social representan un 41%. (Leitón, 2013 ).

Lo anterior, es un reflejo no solo de la situación del país con respecto a la parti cipación laboral de las mujeres, sino también de otras latitudes, puesto que la Organización Mundial de la Salud (2009) indica que las mujeres además de estar expuestas a más riesgos de salud ocupacional, tienden a estar concentradas en trabajos con sueldos bajos; igualmente, a escala mundial, están menos protegidas en los lugares de trabajo, no sólo en cuanto a su seguridad, sino también por las condiciones en que trabajan.

En el informe de la Organización Internacional del Trabajo 2012-2013 (OIT, 2013) s obre salarios, se establece que si bien la brecha de género en el ámbito mundial ha disminuido, esto no implica necesariamente que la situación de las mujeres haya mejorado, puesto que, en ciertos países, esa declinación tiene más que ver con el desmejoramiento de las circunstancias en el mercado laboral de los hombres con respecto al de las mujeres. Esto significa que, para lograr una mejor interpretación de los cambios en la brecha de género en el tiempo, es necesario tomar en cuenta otros indicadores del mercado laboral que puedan reflejar cambios en las condiciones de trabajo y empleo de las mujeres (OIT, 2013).

Por otro lado, la apertura en materia de género ha dado pie a la adquisición de hábitos y estilos de vida en la mujer, que ponen en riesgo su salud física y mental .

En materia de educación, el porcentaje de alfabetización en nuestro país es 0,4% mayor en las mujeres, sin embargo, la tasa de desempleo abierto es del 6% para los varones y de 10,3% para las mujeres. De igual forma, el porcentaje de población masculina de 15 años y más, sin ingreso, es de 14,9%, mientras que para la población femenina es de 37,7%. Lo anterior, ilustra la inequidad en materia de género, atribuida a factores sociales y culturales, y, al mismo tiempo, promueve la pobreza en hogares a cargo de mujeres, como fue mencionado previamente (INEC, 2013) .

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En otro sentido, en el ámbito de la salud los datos locales se muestran más positivos para las mujeres en cuanto a la esperanza de vida, pues para ellas sigue siendo mayor (81,8) mientras que para los varones es de 76,9.

Pese a lo anterior, la OMS (2009) apunta que, el hecho de que la mujer viva más tiempo, no implica necesariamente que sea más sana y es que, de acuerdo con esta Organización, las desigualdades de género, en materia de educación, ingresos y empleo por ejemplo, limitan la capacidad de niñas y mujeres de proteger su salud.

El tema de la salud en relación con el sexo, ha sido ampliamente discutido, en tanto se ha estado bajo el presupuesto de que los hombres apoyados en una visión de la masculinidad de corte machista, tienden a no declarar y/o hasta negar padecimientos físicos, mientras que las mujeres, no tienen objeción social en hacerlo. No obstante, Rohlfs, Borrell y Fonseca (2000) resaltan que, para poder profundizar en torno a las diferencias de salud según el sexo, es necesaria una aproximación cualitativa en tanto hay aspectos que solo pueden ser evidenciados a través de ella.

En otro orden de cosas, en noviembre de 2012, se realizó un estudio sobre la ocurrencia de traumas en la Sala de Emergencias del Hospital San Juan de Dios (O rganización Panamericana de la Salud OPS, / Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia, IAFA), en el cual se encontró que un 66% de la población era masculina y fue la que resultó mayormente afectada por accidentes de tránsito y situaciones en que medió la violencia, lo cual viene a confirmar la mayor condición de riesgo en los hombres de ser víctimas o perpetradores de trauma, según se ha narrado con anterioridad.

Experiencias de violencia en jóvenes dentro del Sistema Educativo

Con respecto a las manifestaciones de violencia, los datos de encuestas realizadas recientemente, revelan que no se hallaron diferencias por sexo entre quienes manifiestan haber recibido agresiones físicas1en los últimos doce meses (8,8% de los hombres y 8,1% de las mujeres). En términos absolutos se tiene que esta condición fue referida por 26.640 estudiantes, lo cual concuerda con los datos obtenidos en una encuesta del 2009 en la cual la cifra fue de 27.848 jóvenes (Fonseca, et al, 2013) .

1Se definió para los estudiantes de la siguiente manera: “Se produce una agresión física cuando una o varias personas golpean a alguien o cuando una o varias personas hieren a otra con un arma (como un palo, un cuchillo, un arma de fuego u otra)”.

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Los y las estudiantes que indicaron haber participado en los últimos 12 meses en una riña o pelea agrupan a un 25,4% de los hombres y a un12,9% de las mujeres, para un total general de 18,8%, lo cual equivale aproximadamente a 59.300 estudiantes, cifra menor al 2009, en que el total fue de 65.979 estudiantes. Cabe cuestionar si esta disminución responde a alguna de las acciones emprendidas por el sistema educativo para enfrentar el problema. En relación con las experiencias de intimidación2 en los 30 días previos a la recolección

de los datos, se detectó la existencia de un 15% de casos positivos (aproximadamente 47 mil estudiantes).

Las formas de intimidación más frecuentes y que también se establecieron en las investigaciones del 2006 al 2012 (Fonseca et al, 2013), fueron las burlas por el aspecto del cuerpo o la cara, burlas con chistes y gestos de índole sexual y exclusión de actividades , siendo mayor en hombres (8,3%) que en mujeres (6,6%).

Esto guarda relación con las estadísticas del MEP, las cuales reportan que un 50.8% de los casos de violencia reportados por los estudiantes se dieron en forma verbal (MEP, 2012) . Es importante anotar que un 32% de los estudiantes que fueron intimidados, informaron haber recibido diez o más agresiones en el último mes, cifra similar a las del 2006 y 2009. Estos estudiantes mencionaron que las formas de intimidación fueron alejarse de ellos, haber sido acosados sexualmente, y haber recibido empujones, golpes, amenazas, apodos, ofensas y comentarios de mal gusto (Fonseca, et al, 2013) .

Estos resultados, muestran concordancia con lo que menciona Krauskopf (2006) acerca de que el género es una consideración importante para la realización de intervenciones contra la intimidación. Entre ambos sexos se experimentan diferentes tipos de intimidación, los varones tienden a utilizar ataques físicos más que las mujeres. En las mujeres la intimidación es más indirecta y puede incluir la exclusión o aislamiento social; hay dificultades para atacar la intimidación en las mujeres probablemente por la mayor invisibilidad de las acciones, porque por otro lado, ellas parecen ser más accesibles a las intervenciones contra este fenómeno.

Por otra parte, tradicionalmente se ha vinculado el ser hombre con la violencia, entre

2Se definió para los estudiantes de la siguiente manera: “Hay intimidación cuando una persona o grupo de personas dicen o hacen cosas desagradables a una o varias personas. También se produce intimidación cuando una persona es objeto de bromas desagradables o se le excluye deliberadamente .”

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otras cosas por la necesidad de probar su hombría; Salas y Campos (2002) lo señalan como “validación homosocial”. La diferencia en la ocurrencia de actos delictivos y violentos como son los homicidios –incluidos los femicidios- y la violencia intrafamiliar, por parte de hombres, es un reflejo de ello, lo que Sáenz (2011), explica como efecto de la socialización en relación con la construcción de la identidad masculina y su vínculo con la violencia, que se refleja precisamente, en la cantidad de hombres como autores y víctimas de homicidios dolosos.

Esto nos lleva a tomar en cuenta otro factor el cual se refiere a la victimización en Costa Rica. De acuerdo con datos del INEC (2011) relacionados con el número de homicidios dolosos, las cifras disponibles para un período de 31 años (entre 1980 y 2010) revelan que en la década de los ochenta el número de homicidios dolosos era bajo y relativamente estable, con valores que rondaban un promedio de 109 por año (3,5 x 100.000). A partir de 1990 el número empezó a aumentar hasta culminar en 2010 con 527 (11,6 x 100.000). Este incremento en el período hizo que en el año 2010 el país tuviera una tasa de homicidios dolosos 3 veces superior que los registrados a inicios de los años noventa.

Por otra parte, el INEC (2013) menciona que las diferencias por sexo son evidentes, pues los hombres son más victimizados que las mujeres en todo el período de estudio. En el año 2010, el 88,5% de las víctimas de homicidio fueron hombres. Según esta institución, estas cifras varían poco con respecto a otros años y por ello es claro que esta modalidad de victimización constituye una forma de violencia casi exclusivamente masculina.

Mientras en los años ochenta la tasa para los varones rondaba magnitudes de 6 homicidios dolosos por cada 100 mil hombres, en el 2010 fue de 19,5; en cambio, en las mujeres, aunque ha variado, en ningún año ha alcanzado una tasa de 3 por cada 100 mil mujeres.

Esto podría tener relación con las cifras de población penitenciaria, donde la gran mayoría corresponde a población masculina tal como se observa en la Tabla 1.

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Con respecto al número de femicidios ocurridos en el país, así como el método empleado, en el quinquenio 2008-2012 registran una de las bajas más significativas de la última década, reflejado en los últimos dos años, en donde se cometieron siete femicidios menos en el último año, en comparación con los anteriores.

De acuerdo con esta información la participación homicida del concubino (4 víctimas) es mayor con respecto al de los esposos (1). Durante el último quinquenio fallecieron 60 mujeres por femicidio y al menos 46 de ellas (76,6%) fueron ultimadas por el concubino, lo que consolida este comportamiento como uno de los factores de riesgo más relevantes en referencia a este delito. (Poder Judicial, 2013).

En relación con la información anterior se identifica que los celos se presentan como el detonante más frecuente en las muertes del 2012 y se les adjudica haber estado presentes en cuatro de los cinco casos detectados. Se indica además, que a partir del análisis de cada caso, fue posible determinar que dicho comportamiento fue una conducta constante en la relación y no a un hecho aislado. (Poder Judicial, 2013)

Ahora bien, la violencia contra las mujeres no siempre lleva a la muerte inmediata, no obstante, es un factor de riesgo para la salud que causa entre otras cosas, trastornos mentales y otros problemas crónicos de salud (OMS, 2009).

Por otra parte, es importante anotar que con respecto al tema del suicidio, tiende a haber

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una diferencia notablemente mayor en la cantidad de suicidios en la población masculina que en la femenina, sin que el número de mujeres que mueren por esa razón, deje de ser motivo de atención; además, esto es consistente con datos a escala mundial, de acuerdo con Sáenz (2011).

En el año 2008, el 12,8% de los suicidios fueron cometidos por mujeres, en tanto un 87,2% por hombres, en el año 2009. Igualmente, la tasa anual promedio entre 2000 y 2009, fue de 12,5 varones y 2,1 mujeres por cada cien mil habitantes, esto significa que por cada suicidio femenino ocurrido, sucedieron aproximadamente seis masculinos (Sáenz, 2011) . Los datos de la encuesta de estudiantes de secundaria del 2012 (Fonseca, et al, 2013) , relacionados con sentimientos de tristeza y desesperación durante al menos dos semanas consecutivas (14,3% hombres y 22,7% mujeres) y el haber pensado seriamente en suicidarse (4,2% hombres y 9,1% mujeres) revelan una clara diferencia según el sexo que debe ser objeto de atención, aun cuando corresponde a valores más o menos generales en el ámbito mundial. Y aunque estos indicadores no aportan una visión completa de la situación en los adolescentes, es importante tomarla en cuenta para una primera aproximación a la situación de los adolescentes, en los cuales se pudo constatar que las personas que no tuvieron ningún nivel de afectación contaban con un mayor involucramiento parental, un mejor rendimiento académico y una menor posibilidad de haber sido intimidados en los últimos treinta días . Estudios sobre drogas en la población general

La evolución del consumo de tabaco, como es conocido, ha mostrado una tendencia a la baja en el nivel mundial. La Tabla 2 muestra dicha tendencia en Costa Rica, la cual en términos generales se torna estable a partir de 2006, pero claramente con reducción en el caso de los hombres. El patrón femenino ha sido más estable y más bajo que el de los hombres. Otros estudios también lo han documentado (Regueyra, Suárez y Jakimczuk, 2010) al dar cuenta de un lento descenso en el fumado masculino pero un aumento en el femenino, con países como Chile, Argentina, Uruguay, Cuba y Venezuela ostentando los mayores niveles de prevalencia.

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Esto es relevante en la medida que los problemas de salud de los hombres y de las mujeres son diferentes, tanto por pertenecer a sexos distintos como por estar inmersos en un contexto social que interpreta de manera diferente o ambigua tales desigualdades y porque el tabaco afecta de manera distinta a los dos sexos. Diversos autores (Bianco, 2004; American Cancer Society, 2012; Becoña y Vásquez, 2000) son del criterio que la afectación nicótic a de la mujer es cualitativamente distinta de la del hombre, dada la situación de inequidad que existe en la asignación de roles y de vínculos, su situación económica y nivel educativo, usualmente en desventaja, y por su exposición a factores que mantienen el consumo y la hacen ser más refractaria a las intervenciones. Cabe acá destacar el sentido de independencia y autonomía que la industria ha promovido, así como la posibilidad de poder controlar el peso corporal, el estrés y la autoestima mediante el fumado.

Datos recientes de la encuesta mundial sobre tabaco en adultos (GATS, por sus siglas en inglés, 2013) indican que la prevalencia de fumado en hombres del Reino Unido y de los EEUU (22,8% y 24%, respectivamente) estaban entre las más bajas de 16 países estudiados (Giovino, Mirza, Samet, et al, 2012); sin embargo, la de las mujeres en los mismos países

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estaban entre las más altas (20,6 y 16,2%, respecti vamente).

Las políticas europeas sobre drogas han enfrentado parcialmente este problema al destacar el incremento en el número de mujeres y niñas fumadoras y en la necesidad de participación femenina en todos los niveles de la formulación y aplicación de políticas y en la importancia que se diseñen estrategias de control del tabaco específicas en función del género (Arana y Urios, 2012).

En Costa Rica, los datos sobre consumo de alcohol, también expuestos en la Tabla 2, revelan claras diferencias entre hombres y mujeres y también un patrón de disminución significativa en la prevalencia de los últimos doce meses.

Según se observa, en Costa Rica 30% de los hombres y 20% de las mujeres serían bebedores recientes. Entre estos bebedores, la inmensa mayoría no presenta problemas con la bebida (Figura 1), los cuales están reservados, en el grado de consumo perjudicial y dependencia para un 5,6% de los hombres y sólo un 0,7% de las mujeres. El consumo perjudicial implica daños físicos o mentales así como sociales vinculados con el beber; la dependencia supone, además, pérdida de control sobre la bebida, consumo matutino y síndrome de abstinencia. El consumo riesgoso se refiere a un patrón que incrementa la probabilidad de consecuencias adversas para el bebedor o para los demás. Este patrón, que se presenta en un 12,2% de los hombres y un 3,1%de las mujeres, es relevante para la salud pública aun cuando la persona todavía no haya experimentado trastornos como en el caso del consumo perjudicial y la dependencia.

En países como México, la prevalencia de consumo riesgoso fue 10,2%, mientras la de consumo perjudicial 2,6% (Morales-García, et al, 2002), las cuales contrastan con los valores locales de 7,4%y 1,3%, respectivamente.

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Como en el resto de las sociedades, estas diferencias vinculadas con el género sugieren un abordaje investigativo y de intervenciones diferenciadas, que traten para cada caso los determinantes sociales e individuales de manera particular.

Con respecto al consumo de marihuana, cuyo valor de prevalencia anual se encuentra por debajo del promedio mundial (Hynes, et al, 2011), pueden observarse en la Tabla 2 niveles de consumo muy inferiores a los de alcohol y tabaco, pero con un significativo incremento a lo largo de los años, especialmente entre los hombres. Este incremento pudiera encontrar explicación parcial en una disminución de la percepción de riesgo en virtud del debate actual en torno a la despenalización/legalización, el cual ha puesto de relieve diferentes facetas del tema, la existencia de mejores y más creíbles fuentes de información (el discurso de los medios dejó de ser el recurso por excelencia) y por el hecho de haber una mayor experimentación en los costarricenses (nivel que pasó de 4% a 7% en veinte años). Estudios sobre drogas en poblaciones jóvenes escolarizadas

En el sector de los y las personas jóvenes, los hallazgos en materia de consumo vinculados con el género parecen aportar información valiosa que, como en el caso de las drogas lícitas, también guarda correspondencia con lo que acontece en otros países latinoamericanos.

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El consumo de tabaco muestra un franco descenso en la población joven, tanto en hombres como en mujeres, pese a que se conoce desde inicios del decenio anterior que en América Latina más de la mitad de ellos ha intentado cesar sin tener éxito (Peruga, Rincón y Selin, 2002). Esto ha sido así en Costa Rica desde la primera ronda de estudios de la Encuesta Mundial sobre Tabaquismo en Jóvenes (GYTS) en 1999, un elemento de por sí importante que pone de relieve la urgencia de mejores estrategias para la cesación y el poder facilit arlas a esta población. Se detecta igualmente una muy significativa asociación (p<0,0001) entre tabaquismo y fumado de marihuana en el consumo reciente, aspecto cuya presencia ha sido característica en diversos estudios.

Otro ejercicio, consistente es suprimir del conjunto general de datos a las personas que alguna vez fumaron tabaco, lo que determinó una baja en la prevalencia de consumo anual de marihuana, la cual se redujo a 2,4% (en vez de 9,7% como se aprecia en la Tabla 3), en tanto la prevalencia de vida también disminuyó a 3,8% (cuando resultó 14,6% al considerar a todos los individuos).

Seis años antes esta relación era menor, es decir, al suprimir a los fumadores de tabaco

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la prevalencia de vida y de los últimos 12 meses de consumo de marihuana era tres veces menor que lo encontrado en 2012. Esto viene a resaltar, de manera análoga, el fuerte incremento que ha experimentado el consumo de marihuana, reflejando que más individuos se inician sin haber fumado tabaco anteriormente.

En cuanto al consumo reciente de alcohol es semejante en hombres y en mujeres, tanto como lo es el abuso (haber tomado 5 o más tragos por ocasión, al menos una vez en las dos semanas previas a la entrevista), presente en poco más de la mitad de unos y otras. Este fenómeno se presenta regularmente en aquellos países que han informado sobre patrones de abuso (Hynes, et al, 2011), estimándose que esta condición de riesgo la presentan entre un tercio y la mitad de los y las jóvenes.

Con respecto a la utilización de psicofármacos sin prescripción médica, se encuentra una prevalencia mayor que en la población general, aspecto que debe ser objeto de una mayor profundización, en virtud de su potencial como predictor de otros consumos y de problemas de salud en general. Sin embargo, en comparación con el resto de países de América Latina, la prevalencia local, inferior a 5%, está entre las más comunes.

Discusión

Esta exploración de situaciones y de condiciones de orden psicosocial que afectan diferencialmente a hombres y mujeres costarricenses, pone de manifiesto la necesidad de repensar no sólo las estrategias de recolección de datos y de análisis en materia de g énero, consumo de drogas y otros problemas sociales, sino aquellas orientadas a favorecer intervenciones directas o indirectas en diferentes sectores de la sociedad. En efecto, este trabajo pone de relieve las desigualdades presentes en hombres y mujeres y permite establecer la invisibilidad de los mecanismos que las producen y las reproducen. En los términos de Peiró, Ramón, Alvarez-Darbet, et al (2004), sí resulta claro que el género explica las diferencias en la situación de salud en tanto el sexo opera como un factor de confusión. Por ello, resulta de interés realizar un replanteamiento de lo que han sido las estrategias de intervención en prevención y tratamiento de las drogodependencias para adecuarlas a las características de cada sexo. Esto aplica tanto para el consumo de alcohol y tabaco, problemas endémicos en Costa Rica, como para la utilización de otras drogas, las ilícitas, cuyo perfil es diferente pero con importantes aspectos por considerar como el incremento experimentado en el uso de cannabis en los últimos años por parte de la población juvenil. Cabe, no obstante,

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reiterar que las diferencias por sexo exigen aproximaciones que contemplen el mayor riesgo masculino en virtud de consideraciones vinculadas al género, junto con la importancia de explorar los grandes determinantes que han operado en el país en los últimos años, tal el caso de las transformaciones de la estructura demográfica, los embates de la globalización y la modernización, el estancamiento de la pobreza y el desempleo en niveles preocupantes y los efectos de otras condiciones sociales que colocan en franca desventaja a las mujeres.

En relación con las situaciones de violencia e intimidación se encontraron indicios de discriminación, burlas y formas de agresión verbal, situación presentada mayoritariamente en los hombres y las cuales como se mencionó anteriormente urge de una intervención específica por género, en donde debe participar el sector salud y educación, así como los padres, madres y encargados de familia, con miras a la prevención y detección oportuna de esta problemática.

Los datos de victimización también muestran un aumento constante en las últimas décadas, lo cual debe dar paso a promover iniciativas de promoción, prevención y de paso promover estrategias de investigación cualitativa y cuantitativa, por grupos de edad, como de diferenciación por sexo, que permitan realizar acciones más eficaces en esta materia.

Referencias

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